Los niños y niñas del Donbas piden la paz


Aunque el conflicto ucraniano parece meterse ahora, inevitablemente, en todos nuestros hogares a través de redes y noticias, para nosotros, no es algo nuevo. Desde la revolución naranja del 2014, nuestra mirada está centrada en los millones de personas que viven en las regiones de Lugansk y Donetsk, sobre todo los más vulnerables: los menores. Muchos de ellos, durante los últimos años, han llegado en oleadas migratorias como desplazados internos al oeste del país, con la intención de escapar del conflicto bélico que no cesaba, aunque en Europa no se hablaba de él. Pero otros muchos permanecieron viviendo cerca de las trincheras. Vidas en permanente confinamiento, padeciendo constantes cortes de electricidad, agua y gas, y toques de queda diarios. Llegó la pandemia y todo se complicó más. La crisis sanitaria y económica global hizo que aumentara la angustia de aquellos que viven en ciudades como Krasnahorivka, Mariinka o Volnovaha. De allí comenzaron a venir niños y niñas en acogimiento familiar en el año 2019. Pero para ellos y sus familias también se terminaron los periodos de respiro, con la llegada de la Covid-19. Los viajes si, pero los vínculos afectivos no cesaron. Gracias a la tecnología los menores ucranianos seguían sintiendo el apoyo de los que aquí en España les esperan siempre.

Hace unos meses todo cambió para Danylo, Stanyslav, Artem, Sviatolsan y Tolyk. Los cuatro primeros vendrían en programa humanitario de vacaciones navideñas a España con sus familias de acogida. Tolyk tendría más suerte y permanecería de octubre a julio en un programa de acogimiento para estudios.


Ahora, unos días después de que los cuatro menores hayan regresado a la llamada “zona roja” de Ucrania, junto con otros 26 niños y niñas de la zona de Chernobyl, se nos queda a todos un sabor agridulce; A su amigo Tolyk, a sus familias educadoras, y a todos voluntarios que hacemos posible la actividad. Es un sabor al que ya estamos acostumbrados tras cada despedida, pero agravado esta vez por la preocupación generalizada que el mundo está viviendo por el conflicto que ha puesto a Ucrania en el punto de mira.

El contacto con nuestras contrapartes en Ucrania es diario. Tanto con la que colaboramos para garantizar que los niños y mujeres desplazados internos tengan una mejor calidad de vida, como con las que trabajan directamente con las familias que siguen viviendo en la zona de conflicto.

Todos nosotros vivimos entre los tres vértices de un triángulo: en uno de ellos, el más alto, la esperanza de que con el diálogo y el sentido común se terminen las tensiones y consigamos que los derechos humanos prevalezcan frente al enfrentamiento y los intereses políticos y económicos. En otro vértice, la preocupación por los que amamos, los que conocemos y los que no. Y en el último la voluntad de movilizarnos, y de actuar por el bienestar de los más vulnerables, en el caso de que la situación empeorase. Y una letra en cada vértice, que componen el deseo más generalizado en estos momentos: P-A-Z


De momento, ya hemos recibido el apoyo de voluntarios, familias y socios que acogerían a menores en sus casas.

Y también los mensajes de algunos niños y niñas que viven en la zona que, desde hace 8 años, no ve la luz. Algunos de ellos ya han viajado a España y desean regresar. Otros no han salido nunca de allí y desean poder hacerlo.

Esperamos que todos puedan venir en verano, como cada año hasta la pesadilla pandemia. Esperamos que no haya motivos para adelantar el llamamiento por emergencia humanitaria. Pero estamos preparados para hacerlo. En cualquier caso, harán falta familias, personas que tengan un lugar para la paz y la educación en valores en sus hogares, pero sobre todo en su corazón.


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