EL MENSAJE DE LOS NIÑOS DE LA GUERRA: "Soldados: Quedaos en casa"


Sasha tiene 10 años. Vive desde hace 4 años con sus hermanos y su madre en una casa que no es suya. Son "ocupas consentidos". Si así se puede llamar a inquilinos que no pagan alquiler por vivir en una casa con tres dormitorios y un terreno donde poder cultivar en verano. Los dueños de la casa se trasladaron al oeste del país cuando comenzó el conflicto bélico... allá por el 2014. Pensaron que tal vez regresarían pronto. Pero la situación en el Donbas no mejora. Cuando bombardearon el edificio en el que vivía Sasha con su familia, ya no se podía acceder a la habitación de 12 metros que compartían los cuatro niños y la madre, en un noveno piso. Y entonces fue cuando les ofrecieron la posibilidad de trasladarse - temporalmente - a la que ya lleva siendo su vivienda hace 4 años, a cambio de cuidar de las instalaciones. De no ser por eso, estarían en la calle. Ahora son afortunados.





Y es que lejos de estar viviendo en un edificio alto, expuestos a los bombardeos nocturnos, disponían de un sótano donde resguardarse del peligro. Fueron muchos los días que Sasha pasó en el sótano. El llanto de Natasha, su hermanita bebé y el de los perros ladrando en la oscuridad, era lo único que se escuchaba durante las largas horas de la batalla. Hace dos años todo volvió a la -casi normalidad- y llegó la buena noticia de que la escuela se reabría, aunque seguía siendo peligroso estar en la calle al anochecer. Cada día la rutina era la misma, pero la ilusión regresó a la vida de los habitantes del Krasnagorivka. Regresaron las ganas de aprender, se volvió a ver vida en los parques, y comenzaron tareas de reconstrucción.


Para una infancia que no ha conocido otra cosa, el confinarse en casa a la puesta del sol, se convierte en lo natural. También se normaliza la falta de agua, de gas, o de electricidad. También la falta de movilidad, la imposibilidad de salir de tu pueblo o de tu región. Uno se acostumbra a cualquier cosa después de un tiempo, y hasta es capaz de ver que la vida es bonita.



Sasha vio el pasado verano por primera vez que otra vida es posible fuera de la guerra. Fue cuando participó en el programa de acogimiento familiar de la Fundación Juntos por la Vida, gracias al cual pasó su verano en España. Sasha y otros muchos niños de Krasnagorivka, llevan meses soñando con el día de volver a viajar a España este año. Cuando comenzó nuestro confinamiento en cómodas casas con calefacción, comodidades, comida caliente diaria y la seguridad de tener un tratamiento médico en caso de contraer la enfermedad, las familias de acogida recibían estos mensajes de aliento desde el este de Ucrania.